Accidente de Adamuz: la intervención psicológica

La otra cara de una catástrofe: cuando el golpe no se ve, pero se queda

Cuando ocurre un accidente como el de Adamuz, lo primero que nos viene a la cabeza es lo evidente: el impacto, los heridos, los fallecidos, el operativo. Lo que casi nadie imagina es la parte silenciosa: la que empieza justo después, cuando baja el ruido y llega el shock.

En esta conversación, Alex Fidalgo habla con Ana María Núñez Rubines, coordinadora del Grupo de Intervención Psicológica en Catástrofes y Emergencias (GIPCE) del Colegio Oficial de Psicología de Galicia. Ella estuvo en el accidente de Angrois y explica cómo es intervenir cuando una comunidad entera se queda sin suelo bajo los pies.

No es un episodio de morbo. Es un episodio de realidad. De esas que no salen en el parte.

Cómo se activa un equipo de psicólogos de emergencias

La mayoría cree que los psicólogos llegan “cuando ya pasó todo”. En realidad, se activan muy pronto. Ana explica que trabajan con un protocolo coordinado con el 112: cuando hay un suceso grave con fallecidos confirmados o previsibles, el equipo se moviliza y se desplaza.

Y aquí aparece algo importante: no llegan a “hacer terapia” como la imaginamos. Llegan a sostener un momento de derrumbe y a evitar que ese derrumbe destroce más de lo que ya ha destrozado la tragedia.

La pregunta imposible: qué se le dice a alguien que acaba de perder a su familia

Esta es la gran pregunta. Y la respuesta, aunque duela, es honesta: no existe una frase mágica.

Ana lo explica sin adornos: el dolor no se puede quitar. Lo que sí se puede es ayudar a que ese dolor no se convierta en una ola que lo arrase todo. Acompañar. Regular. Evitar que la persona se haga daño. Dar información real, solo oficial, sin alimentar fantasías, bulos ni imágenes que añadan más horror.

Es un trabajo de precisión emocional. Y también de ética.

Adamuz

El duelo no es una reacción: es un proceso largo

Algo que impacta del episodio es la forma de hablar del tiempo. Un duelo “normal” puede durar dos o tres años. En catástrofes, puede alargarse más. Y no porque la gente sea débil. Sino porque hay factores que lo complican: muerte repentina, violencia, incertidumbre, sensación de injusticia, posible responsabilidad humana…

La mente intenta encajar lo que no tiene forma. Y eso tarda.

Ira, llanto, shock: la emoción que más cuesta no siempre es la que imaginas

Muchos imaginan que lo más duro es ver a alguien llorar. Pero Ana señala algo que pocas veces se dice: la ira descontrolada puede ser incluso más difícil de gestionar.

Hay personas que golpean cristales, que se hacen daño, que se desbordan. No es “mala educación” ni “falta de control”. Es un cuerpo intentando sobrevivir a un impacto que no sabe procesar.

La intervención aquí no es filosófica. Es práctica: bajar la intensidad, proteger, contener, apoyarse en sanitarios si hace falta. Evitar que el dolor se convierta en más daño.

La incertidumbre también mata: cuando hay desaparecidos

Uno de los escenarios más desgastantes es el de los desaparecidos. No hay una noticia final. No hay cuerpo. No hay cierre. Hay una montaña rusa permanente entre esperanza y desesperanza.

Ana lo describe con crudeza: llega un punto en el que algunas familias dicen algo que a cualquiera le rompería por dentro: “que aparezca muerto, pero que aparezca”. No por frialdad. Por agotamiento. Porque la incertidumbre es una tortura psicológica continua.

¿Qué hace el psicólogo ahí? No vende esperanza falsa. Tampoco aplasta la esperanza real. Sostiene la emoción sin mentir, y acompaña hasta que haya información fiable.

Bulócratas del dolor: cuando los rumores y las redes empeoran el trauma

Este punto del episodio es especialmente actual. Las redes sociales amplifican todo: fotos de desaparecidos, vídeos de vagones, detalles que aún no son oficiales, teorías que incendian la rabia. Y en paralelo, algunos medios convierten el duelo ajeno en contenido urgente.

Ana lo dice claro: exponer a familiares vulnerables es añadir daño. No solo por lo que cuentan, sino porque después se enfrentan al juicio público, a comentarios, a interpretaciones y a imágenes que pueden activar recuerdos insoportables.

Y aquí hay una idea que atraviesa toda la conversación: informar no es lo mismo que sobreinformar. Un monotema 24 horas, con detalle a detalle, también impacta en quienes miran desde casa. Incluso a miles de kilómetros.

El papel invisible de los rituales: la fe como estructura, no como frase

Una pregunta que Alex plantea y que muchos se hacen en silencio: ¿la fe ayuda? Ana lo matiza muy bien: más allá de creer o no creer, los rituales culturales ordenan el caos.

Cuando todo se desmorona, tener un “paso a paso” socialmente compartido (velatorio, despedida, ceremonia, acompañamiento) da forma a lo informe. No resuelve el dolor, pero lo canaliza. Y eso puede ser protector.

Niños: por qué no siempre debe hablar el psicólogo

Cuando hay niños, el abordaje cambia. Ana cuenta algo contraintuitivo pero muy lógico: muchas veces no es el psicólogo quien debe hablar directamente con el niño pequeño, sino preparar a la figura de confianza (familia, tutores, profesores) para hacerlo bien.

Porque en plena vulnerabilidad, un extraño preguntando puede cerrar más puertas que abrir. Lo importante es que el niño reciba verdad adaptada, cuidado emocional y una referencia segura que sostenga el proceso.

Adamuz

Supervivientes: lo “normal” también asusta

Hay otra parte de la catástrofe que a veces queda en segundo plano: los supervivientes. Personas que han visto, oído y olido cosas que su cerebro va a repetir durante días: imágenes intrusivas, pesadillas, hipervigilancia, respuestas físicas que se disparan sin aviso.

Ana explica una idea clave: en los primeros días, muchos síntomas son esperables. La intervención incluye psicoeducación para que la persona no piense “me estoy volviendo loco”. Si pasado un mes persisten con intensidad, puede ser necesario acudir a un profesional porque podría evolucionar hacia un estrés postraumático.

No es dramatizar. Es poner nombre a lo que ocurre para poder actuar a tiempo.

La culpa del superviviente: cuando vivir también pesa

Hay casos especialmente difíciles: viajar con un familiar, sobrevivir… y perderlo. A veces aparece la culpa: “podría haber sido yo”, “tendría que haber hecho algo”, “por qué yo sí”.

Según Ana, esa culpa es una de las emociones que más bloquea el duelo. Se trabaja en terapia con gestión emocional, despedidas simbólicas si quedaron cosas pendientes, y evitando salidas dañinas (aislamiento extremo, abuso de sustancias, conductas que anestesian pero empeoran).

El objetivo no es olvidar. Es que la vida no se quede congelada para siempre en el momento del accidente.

Testigos directos y héroes adolescentes: el modo supervivencia no es frialdad

En tragedias así aparecen historias que el público etiqueta rápido: héroes, valientes, fríos, “cómo pudo hablar así”. Ana explica la mecánica real: ante un impacto extremo, muchas personas se disocian, bloquean emoción y entran en modo acción.

Eso puede ser adaptativo en el momento. La clave es lo que pasa después: si la persona procesa lo vivido, puede integrarlo como una experiencia dura pero digerible. Si lo bloquea durante años, puede reaparecer más tarde, a veces cuando otro evento activa el cúmulo de traumas.

Y de fondo, una idea muy humana: no somos máquinas. Cada uno tarda lo que tarda.

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